lunes, 28 de febrero de 2011

LAS DIOSAS DE LA RISA CURATIVA


La indecente Baubo
Uzume, la diosa japonesa de la alegría y la danza

Baubo, un personaje menor entrado en años que aparece en uno de los mitos griegos más conocidos, guarda paralelismos con Uzume (Ama-No Uzume), diosa japonesa que desempeña un papel relevante en el mito más importante del antiguo Japón. Las dos divinidades supieron aportar la risa curativa a las situaciones desesperadas. Así como en un mito predominan las observaciones humorísticas, en el otro, en cambio, hay danzas y redobles de tambor, pero el acto específico y responsable de desencadenar la risa en ambos es el mismo: Baubo y Uzume se levantan la falda y muestran la vulva. Las risas que desencadenó este gesto devolvieron a la diosa madre la capacidad de mantener y traer la luz del sol al mundo; no se trataba, empero, de una risa hostil como la que inspira el ridículo, ni de la risita que provoca presenciar obscenidades. Era otra cosa más profunda y significativa la que se revelaba con tal hilaridad. Las mujeres que se sienten cómodas consigo mismas se ríen mucho juntas, sobre todo las que llegan a la edad madura. En The Metamorphosis of Baubo Winfred Milius Lubel apuntó que “las referencias a Baubo, por lo general, implican una categoría de risa especial. Es una especie de humor sardónico, una risa entre dientes compuesta de ironía, compasión y experiencias que comparten las mujeres… Es la carcajada sagrada de Baubo”. Baubo, (a quien también se la denomina Iambe) tan sólo era una doncella que desempeñó un pequeño papel en el mito de Deméter y Perséfone, y que, no obstante, reflejó el espíritu maduro de las mujeres, que es directo, divertido, solidario y, sobre todo, sabio. Marija Gimbutas, la famosa arqueóloga, describe el personaje como la encarnación de una “deidad importante aunque poco conocida que ha influido en la mente humana durante milenios.”

LA INDECENTE BAUBO
Cuando la diosa Deméter se enteró de que a su hija Perséfone la había secuestrado Hades con el permiso de Zeus, el dolor que sintió por la pérdida fue incluso más acuciante. Deméter abandonó el Olimpo y rechazó la compañía de los demás dioses para vagar por la tierra, ocultando su divina belleza bajo la apariencia de una mujer que ya no estaba en edad fértil. Un día apareció en Eleusis y se sentó junto al pozo donde las hijas de Celeus, el gobernador de Eleusis, habían acudido para recoger agua. Las muchachas sintieron curiosidad por esa extraña que estaba entre ellas y le hablaron. Deméter les dijo que buscaba trabajo de niñera, y entonces las muchachas la condujeron a su casa para presentarle a su madre Metanira, la cual acababa de dar a luz un niño. Cuando la diosa atravesó el umbral y tocó el techo con la cabeza durante unos instantes la puerta se iluminó con un resplandor divino. Metanira, a quien la escena había infundido gran respeto y que estaba sentada con el niño en el regazo, le ofreció al instante su espléndido diván y su mejor vino, pero la diosa declinó la invitación. La visión de la madre con el niño debió de evocarle antiguos recuerdos y despertar la nostalgia por la hija desaparecida, porque Deméter se quedó callada y cabizbaja, y sólo se sentó en una silla ordinaria que la criada Baubo le trajo más tarde. Deméter, sin embargo, siguió guardando un doloroso silencio del cual nadie podía arrancarla, hasta que Baubo consiguió animarla con sus chistes picantes. Sus bromas le hicieron sonreír, y cuando la doncella se levantó la falda y mostró sus partes, Deméter rió y se curó. Entonces aceptó un simple refresco de cebada y menta y accedió a ser la niñera del bebé (como solaz momentáneo en su camino).

Las chanzas de Baubo no han llegado hasta nuestros días pero lo que ella representa incluso en la actualidad es algo que las mujeres comprenden de manera intuitiva: la noción de que sumidas en la pérdida y la traición, las mujeres pueden gritar, llorar, jurar e incluso vomitar o sentirse embotadas por el dolor y la indignación, pero si Baubo se encuentra presente, en ese momento alguien puede intervenir con un comentario jocoso que arranque lágrimas de risa y suavice la situación. Solemos compartir nuestro valor y la constatación de ser supervivientes gracias a la risa. Al ser capaces de reírnos untas, afirmamos nuestra mutua fuerza. Los chistes y los gestos de Baubo forman parte del humor obsceno que nos hace reír a carcajadas y que puede surgir en una reunión de mujeres que viven una situación catastrófica. Una buena amiga dice algo que nos hace reír a todas, y entonces es cuando empieza la curación.

Cuando Baubo se levantó la falda en son de burla, tal y como nos lo relata el mito griego clásico, el acto que realizó, el mostrar la vulva, en los textos religiosos griegos se llama ana-suro-mai (que literalmente significa “levantarse las faldas”). Su gesto era indescente y provocó la risa, pero había algo más profundo en todo eso. Lubell indaga en las raíces prepatriarcales de este gesto y descubre que es un vago recordatorio de una era matriarcal muy antigua en que la zona pública de la diosa era la puerta sagrada de donde provenía la vida, y que el triángulo invertido era un símbolo sagrado. El gesto de Baubo de levantarse la falda y mostrar su vulva aparece en diversos útiles y en las manifestaciones artísticas que comprenden desde el Paleolítico hasta la Edad Media, y desde la antigua Europa y Egipto hasta Siberia y las Américas.

Algunas de las figurillas de arcilla de Baubo que los arqueólogos han hallado nos hacen sonreír. Son mujeres con la ropa levantada sobre un vientre orondo. Son todo piernas y abdomen. A veces incluso se representaba un rostro sonriente sobre el vientre, y la hendidura de la suave barbilla en forma de V era la ranura vulvar y vertical que tenía entre las piernas. A pesar de que Baubo y estas estatuillas son imágenes menores comparadas con las divinidades olímpicas y las estatuas de mármol de la antigua Grecia, cuando nos remontamos a la época prepatriarcal para indagar en sus orígenes, comprendemos que son el recordatorio vago e infravalorado de que las imágenes de la sexualidad y la fertilidad de la mujer eran sagradas, y no lascivas. En el pasado la vulva era la entrada al cuerpo de la diosa, y las entradas de las cuevas en forma de ranura se pintaban consecuentemente de color rojo tierra en señal de reverencia.

Rufus C. Camhausen, en The Yoni: Sacred Symbol of Female Creative Power, también se basaba en las pruebas halladas en distintos enseres para ampliar los límites geográficos donde se habían originado esas imágenes y el espacio temporal, que ahora no sólo se situaba en el Paleolítico, sino también en la actualidad. Yoni es una palabra en sánscrito que se utiliza para designar los genitales femeninos y se traduce como “vulva”, “matriz”, “origen” y “fuente”. Camhausen eligió emplear este término porque no poseía connotaciones médicas ni pornográficas, y procedía de una tradición religiosa y cultural en la cual los genitales femeninos se consideran el símbolo sagrado de la Gran Diosa.
Las representaciones de genitales y pechos femeninos y de mujeres embarazadas que aparecen en los relieves, en las pinturas rupestres y en otros útiles son las pruebas arqueológicas circunstanciales de que los pueblos del Paleolítico y del Neolítico adoraban a diosas. Con el auge del patriarcado, sin embargo, la vulva pasó a ser un lugar de reverencia a convertirse en una parte de la mujer puritana, innombrable y sucia. Pasó de ser el símbolo de la diosa a convertirse en una de las palabras más degradantes y agresivas con que calificar los genitales de una mujer: “coño”.

Mientras buscaba el significado de Baubo, Lubell descubrió nexos de unión entre la risa, la sexualidad de las mujeres y la recuperación del equilibrio. “La espontaneidad de la risa de Baubo corre como un destello entre las ruinas del pasado. Sus bromas han desaparecido, pero su gestualidad sardónica y desconcertante y la constancia de su ingenio cómico permanecen. Se ha sugerido numerosas veces que la risa entre mujeres es el lado oculto de su sexualidad. Esta clase de risa (que a menudo se asociaba con la figura del embaucador y con la fertilidad) solía emplearse en los rituales sagrados de la alegría para suavizar una situación agobiante, para plantearse cuestiones dolorosas o para recuperar el equilibrio… Es irreverente, y es sagrada.”

Parece ser que Baubo era parte integrante de los Misterios que se celebraron en Eleusis, al noroeste de Atenas, durante dos mil años, hasta que el santuario fue destruido en 395 d. de C. El Himno homérico a Deméter relata que tras el regreso de Perséfone al mundo subterráneo, Deméter entregó los Misterios a la humanidad. Una parte de estos Misterios fue hecha pública, que es la que conocemos en la actualidad, y otra se confió sólo a los iniciados, a los cuales se les prohibía revelar los secretos. En los Misterios eleusinos participaban tanto hombres como mujeres. Lo poco que sabemos de ellos es gracias a los textos de los obispos cristianos contrarios a esos ritos. Según Clemente de Alejandría (150-215 c.E.), en un momento dado, durante la celebración de los Misterios eleusinos, Baubo “se levantaba la ropa y mostraba todo su cuerpo de un modo absolutamente improcedente.”4
Es más probable que Baubo no estuviera presente mientras se celebraban estos ritos solemnes en Eleusis, sino que su presencia se manifestara en los misterios de Thesmorfia, unos festejos de tres días a los cuales sólo asistían mujeres y que se celebraban en Eleusis en octubre, en esa época del otoño en que llegaba el momento de sembrar el grano. Las mujeres se reunían para acompañar el duelo de la diosa y consolarla por la pérdida de su hija (y representaban el secuestro original, porque la escena les resultaría catártica a la hora de compartir el dolor). Tras los ritos solemnes y el duelo comunitario, llegaba la alegría, con chistes, mímica, palabras soeces y cánticos.




UZUME, LA DIOSA JAPONESA DE LA DANZA Y LA ALEGRÍA
La risa curativa y sagrada y el gesto irreverente de levantarse las faldas conviven en otro mito situado al otro lado del mundo: en Japón. El mito del que hablaremos es muy conocido, y en él la diosa dolida es Amaterasu, diosa del sol y antepasada de los emperadores. A partir del momento en que Amaterasu se retiró a vivir a una cueva, la noche eterna sumió el planeta en la oscuridad, y nadie pudo sacarla de su morada hasta que Ama-no-Uzume, la diosa de la danza y la alegría, contó sus chistes y se levantó las faldas. Este mito aparece en el Kojiki y también en el Nihongi, escritos ambos en el siglo VOOO d. de C. a partir de otras versiones orales mucho más antiguas. Lubell6 y Merlin Stone aportan versiones más extensas del mito en Anciente Mirrors of Womanhood7, que retomo a continuación:

EL MITO DE AMATERASU
Amaterasu Omikami, llamada La del Brillo Celestial, La Gran Mujer y Patrona del Mediodía y La que Reina en la Llanura del Reino Celestial, actuaba de guardiana de la tierra y los campos cultivados de arroz (lo cual guarda una similitud con Deméter, la diosa griega del grano). Amaterasu también presidía el círculo de las tejedoras en el gran Salón de las Tejedoras del Cielo. Sin embargo, su hermano, Susanowo (al cual se le denomina el Injurioso Varón), el dios del mar y de las tormentas, sentía un gran rencor ante el poder manifiesto de Amaterasu. Un día Susanowo anunció que tenía la intención de visitar a su madre para ganarse el derecho a aproximarse al reino celestial de amaterasu y poder contarle a la diosa cuáles eran sus planes. En lugar de eso, no obstante, Susanowo pisoteó los campos de arroz celestiales que su hermana acababa de plantar y luego defecó en el interior de su templo sagrado. Finalmente, apresó y asesinó a un potro del cielo, irrumpió en el Salón de las Tejedoras del Cielo y arrastró la res sangrante por los telares sagrados de seda, sembrando el desconcierto y el griterío entre las sacerdotisas tejedoras.(En las distintas versiones del mito se cuenta que una sacerdotisa murió a causa de una lanzadera o que fue la misma Amaterasu quien resultó herida en la vagina por la lanzadera, o bien que su hermano Susanowo la violó.)
Sumida en la rabia y el miedo, Amaterasu se resguardó en la cueva del cielo, cerró el portón a cal y canto y despojó al mundo de su luz y su calor. Sólo quedó la noche interminable. Sin Amaterasu, ya nada crecería sobre la faz de la tierra. Para impedirlo, ochocientas divinidades se reunieron frente a la cueva con el propósito de intentar que la diosa abandonara su refugio, pero fue en vano.

Finalmente, Ama-no Uzume, la diosa de la alegría y la danza, propuso un plan. Uzume se encaramó a una barrica enorme que resonaba como un tambor e inició unos pasos de baile. La diosa iba golpeando rítmicamente con los pies mientras bailaba una danza eufórica y se quitaba la ropa interior. Entonces, cuando ya había captado la atención de las ochocientas divinidades, se sacó el kimono y mostró su vulva. Los dioses rieron, aplaudieron y gritaron; los gallos cacarearon y el fragor de la hilaridad llegó a oídos de Amaterasu, quien seguía oculta en la cueva. Picada por la curiosidad, la diosa fue a mirar qué ocurría en el exterior, y encontró frente a su rostro un espejo de bronce que habían colocado a la entrada de la cueva. La luz de Amaterasu al reflejarse en la prístina superficie fue tan intensa que la cegó, y la divinidad se vio obligada a aventurarse hacia el exterior. Al salir, los dioses que vigilaban cerraron las puertas tras ella. Con la aparición de la diosa, la luz del sol volvió a brillar sobre la tierra, se reanudó la alternancia del día y de la noche, y la tierra volvió a ser fértil.

Este mito del regreso de la luz y la vida al mundo se celebraba anualmente en Japón en un ritual sintoísta en el cual se representaba el Kagura de Uzume en los templos, un baile obsceno (a juicio de los occidentales) con el que se buscaba provocar la risa. El santuario de Amaterasu en Ise, el santuario sintoísta más sagrado de Japón, alberga el Espejo Sagrado. En ese Japón que nada tiene que ver con el puritanismo de Occidente, Uzume es una diosa que goza de gran estimación. Sus pasos de baile rítmicos y el gesto de mostrar la vulva son elementos esenciales de este mito nipón tan importante.
En el libro When the Drummers Were Women Layne Redmond expone que el tambor era un instrumento ritual sagrado que empleaban las mujeres en tiempos tan remotos como el sexto milenio a. de C. Precisamente hay una pintura que data de la época den un santuario de la antigua Anatolia (Turquía).
El tambor era el instrumento utilizado en numerosas experiencias espirituales. Se recurría a la diversidad de ritmos para alterar la conciencia, facilitar el nacimiento o inducir estados extáticos y proféticos. Desde las cuevas sagradas de la antigua Europa hasta los cultos mistéricos de Roma, las mujeres bailaron y tocaron el tambor hasta que los primeros Padres de la Iglesia se lo prohibieron. La escritora aventura la hipótesis de que quizá se comenzó a tocar el tambor para reproducir el pulso humano, el ritmo que oímos en el útero, y que las ondas cerebrales que ese sonido induce son el ritmo básico de la naturaleza. Por el hecho de enseñar a otras mujeres a tocar el tambor y al formar parte de un círculo femenino de tamborileras, Redmond llegó a la conclusión de que a las mujeres se las había desposeído de su herencia, su tradición y un sentido de identidad que les era propio y exclusivo.

LA RISA CURATIVA
La risa curativa alivia la tensión y es una manifestación de alegría e hilaridad. El humor picante es un humor pleno y jocoso que también es un comentario sexual y desenfadado sobre la naturaleza, los apetitos y las flaquezas humanas. En su aspecto más reconfortante, en la medida en que el humor puede ser reconfortante, podría decirse que desprende un halo de bienestar. En la risa compartida, además, se percibe que la vulnerabilidad y la fuerza es algo común a todas las mujeres, las cuales, al hacer comentarios procaces o reaccionar ante ellos con la risa, reconocen su sexualidad y su experiencia sexual, y también revelan las vanidades, los hábitos o las tendencias sexuales de los hombres, que es precisamente lo que ellos más temen.
Para ser Baubo o Uzume, la mujer postmenopáusica debe vivir cómoda y con naturalidad en ese cuerpo que empieza a envejecer. Su energía sexual es el elemento integrador de su empeño y vitalidad. Inspirándose en Baubo, la mujer se niega a dejar de ser ella misma sólo porque se esté volviendo mayor: es sexy y sensual, y ríe y baila. El buen humor y la experiencia se trocan en acicates del sexo más primitivo. Apuntarse a clases de danza del vientre a partir de los cincuenta, por consiguiente, se enmarcaría en la tradición de Baubo. De hecho, muchas bailarinas famosas de la danza del vientre son mujeres que ya han pasado la menopausia.

Puede parecer forzado hablar de Baubo como un arquetipo de sabiduría, pero lo es. Su sabiduría sólo saben apreciarla las mujeres porque proviene de las numerosas experiencias corporales, faltas de elegancia pero profundamente importantes, que vivimos desde los inicios de la menstruación hasta la menopausia, pasando por los embarazos. Al reír o bromear sobre lo que experimentan las mujeres biológicamente, podemos tener la misma picardía que Baubo. Compartir todas estas vivencias hace que hablemos con mayor sensibilidad y seriedad de las experiencias sexuales, los abortos naturales o provocados, la infertilidad y la pérdida. Al contarlo todo, metafóricamente nos levantamos las faldas y revelamos nuestras partes bajas y vulnerables y la fuente de nuestra fuerza. Las historias de todas las mujeres se convierten en el espejo donde contemplarnos, y donde contemplar también nuestra fortaleza. Al compartir el dolor y la risa, pasamos por estados transitorios y experimentamos el poder curativo del humor hasta llegar a la conclusión, por pura sensatez, de que “así es la vida”.

Baubo fue todo lo que se conservó en la mitología griega de este aspecto obsceno de la Gran Diosa. Cuando Baubo se levantó las faldas y mostró su cuerpo desnudo a Deméter, reveló un cuerpo que en el pasado había sido el de una doncella núbil, luego el de una mujer de grandes pechos y finalmente, con el pelo púbico escaso y los pechos caídos, en el cuerpo de una anciana. Cada etapa forma parte de un ciclo, y es una manifestación de la danza de la vida. Cuando recordamos nuestra divinidad y no sólo nuestra mortalidad, sabemos que todo lo que ocurre forma parte de la vida, y que nosotras nos integramos también en esa danza divina. El peligro que entraña ser mortal es olvidar todo esto. Deméter, en su identidad de mujer humana, estaba sola con su dolor hasta que Baubo se levantó la falda y le hizo reír. Quizá le sirvió a Deméter para distanciarse de su pérdida, o puede que le recordara el poder sexual y creador que tuvo como mujer y diosa de la fertilidad. Baubo había perdido su juventud y su buen aspecto, y ya hacía mucho que no estaba en edad fértil, pero era una mujer esplendorosa e indecente, cuya alegre compasión por el dolor de Deméter provocó las risas de la diosa. Sólo cuando la sexualidad es natural y placentera, el sexo y la alegría pueden ir unidos.

Cuando pienso en las encarnaciones contemporáneas de este arquetipo, me viene a la memoria Bette Midler como “la divina señorita M”, la “diosa de la alegría”. Esta actriz cómica indecente y esplendorosa se convirtió en una estrella de la cultura neoyorquina de las saunas gays antes de que apareciera el sida, y sigue siendo un personaje campechano, sexual y divertido. Por otro lado, también hay que tener en cuenta el gesto ana-suromai de levantarse la falda, que parece ser tan instintivo que hay que enseñar a las niñas a controlarse. Si ponemos faldas a una niña de dos o tres años, la criatura se las levantará impulsivamente para dejar “que se le vean” las bragas; a juzgar por su expresión de deleite, es posible que sepa que se está portando mal, cosa que obviamente no le da vergüenza (tendremos que enseñarle a que la sienta). Tampoco resulta nada extraño oír a un grupo de mujeres mayores decir que piensan “escaparse” el fin de semana porque quieren portarse mal.

El humor curativo que las mujeres despiertan en las demás es espontáneo y natural. Es difícil hablar de ello, no obstante, porque “hay que estar ahí” para valorar el momento preciso, la provocación natural que desencadena unas carcajadas estentóreas muy contagiosas. En todo su apogeo es gritón y escandaloso, y emocionalmente esplendoroso y húmedo, como cuando decimos “Me reí tanto que lloraba” y “me reía tan fuerte que me mojé las bragas”. Cuando el humor es especialmente picante, pero incluso cuando no lo es, esta clase de risa se parece a un orgasmo; la risa es incontrolable y placentera: hay una liberación biológica, una sensación de agotamiento. Es beneficiosa para el sistema inmunológico y libera endorfinas, que son elementos curativos físicamente, pero lo que considero más curativo de todo es ese compartir instantáneo que termina con el aislamiento y celebra la vida. Las ancianas ingenuas y esplendorosas conocen este arquetipo muy bien. Es un humor que sabe tomar el pulso a la esencia de la vida y se muestra compasivo con la estupidez y el dolor que acarrea.

Los hombres acusan a las mujeres de no tener sentido del humor o no captar el sentido de ciertos chistes que ellas no encuentran divertidos. Sin embargo, las mujeres sí que lo captan. La opinión de Freud era que el humor es hostilidad disfrazada, lo cual resulta harto evidente en los chistes sobre suegras, rubias tontas o los que despotrican contra los hombres. Reírse del blanco de todas las bromas libera hostilidades, crea alianzas temporales entre los que se ríen juntos y se creen superiores y posee y na vertiente sádica. Ahora bien, existe una diferencia abismal entre esta clase de humor hiriente y el humor curativo de Baubo y Uzume. Este humor, al igual que la luz del sol de Amaterasu y la risa de Deméter, es portador de esperanza y renovación.

Shinoda Bolen de "Las diosas de la mujer madura"


Baubo: La diosa del vientre


Hay cuentos de la “entrepierna” en todo el mundo. Uno de ellos es el cuento de Baubo, una diosa de la antigua Grecia, la llamada “diosa de la obscenidad”. Se le atribuyen también otros nombres como, por ejemplo, Yambe, y parece ser que los griegos la tomaron prestada de otras culturas más antiguas.




Hay un dicho muy expresivo: Ella habla por la entrepierna.

Desde tiempos inmemoriales existen arquetípicas diosas salvajes de la sexualidad sagrada y de la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida.
Sólo existe una famosa referencia a Baubo en los escritos de la Antigüedad, lo cual parece indicar que su culto fue destruido y quedó enterrado bajo la estampida provocada por las distintas conquistas. Tengo la corazonada de que en algún lugar, quizá bajo las boscosas colinas y los lagos de Europa y de Oriente Próximo, hay templos dedicados a ella, incluso con objetos e íconos óseos. Por consiguiente, no es de extrañar que muy pocas personas hayan oído hablar de Baubo, pero no olvidemos que un retazo de arquetipo puede contener la imagen del todo. Y el retazo lo tenernos, pues conservamos un cuento protagonizado por Baubo. Es una de las más seductoras y pícaras divinidades del Olimpo. Ésta es mi versión de cantadora, basada en el antiguo y salvaje vestigio de Baubo.

Deméter, la madre tierra, tenía una hermosa hija llamada Perséfone que un día estaba jugando en un prado. De pronto, Perséfone tropezó con una preciosa flor y alargó las puntas de los dedos para acariciar su bella corola. Súbitamente el suelo empezó a estremecerse y un gigantesco zigzag rasgó la tierra. La pequeña Baubo siempre me ha gustado mil veces más que cualquier otra diosa de la mitología griega, quizá más que ninguna otra figura. Procede sin duda de las diosas del vientre neolíticas, unas misteriosas figuras sin cabeza y, a veces, sin brazos ni piernas. Nos quedamos cortos diciendo que son “figuras de la fertilidad”, pues está claro que son mucho más que eso. Son los talismanes de las conversaciones femeninas, es decir, de la clase de conversación que las mujeres jamás mantendrían en presencia de un hombre como no fuera en circunstancias extraordinarias. Además, la pequeña diosa del vientre Baubo nos recuerda la interesante idea de que un poco de obscenidad puede ayudar a superar una depresión. Y es verdad que ciertas clases de risa, la que procede de todos esos relatos que las mujeres se cuentan, esos relatos tan subidos de tono que rayan con el mal gusto, sirven para despertar la libido. Vuelven a encender el fuego del interés de una mujer por la vida. La diosa del vientre y la risa del vientre es lo que nosotras buscamos.sincero nivel de verdad. ¿Qué otra cosa se puede decir sino que Baubo habla desde el barro madre, la profunda mina, literalmente desde las profundidades?

Por consiguiente, te aconsejo que incluyas en tu colección unos cuantos “cuentecitos guarros” como el de Baubo. Esta forma reducida de cuento es una poderosa medicina. El divertido cuento “guarro” no sólo puede disipar una depresión sino también arrancar la negra furia que oprime el corazón, consiguiendo que la mujer sea más feliz que antes. Pruébalo y verás.


Y ahora confieso que no puedo decir gran cosa acerca de los dos siguientes aspectos del cuento de Baubo, pues están destinados a ser comentados en pequeños grupos integrados exclusivamente por mujeres, pero sí puedo decir lo siguiente: Baubo posee otra característica; ve a través de los pezones. Para los hombres es un misterio, pero cuando se lo comento a las mujeres, éstas asienten enérgicamente con la cabeza y dicen

“¡Ya sé lo que quieres decir!”.

El hecho de ver a través de los pezones es ciertamente un atributo sensorial. Los pezones son unos órganos psíquicos que reaccionan a la temperatura, el temor, la cólera, el ruido. Son un órgano sensorial como lo son los ojos de la cabeza.

En cuanto a lo de “hablar por la vulva”, se trata, desde un punto de vista simbólico, de hablar desde la prima materia, el más básico y más

En el relato de Deméter que busca a su hija nadie sabe qué palabras le dirigió exactamente Baubo a Deméter. Pero ya tenemos cierta idea.

De las profundidades de la tierra surgió Hades, el dios de Ultratumba. Era alto y poderoso y permanecía de pie en un carro negro tirado por cuatro caballos de color espectral. Hades agarró a Perséfone y la atrajo a su carro en medio de un revuelo de velos y sandalias. Después los caballos se precipitaron de nuevo al interior de la tierra. Los gritos de Perséfone son cada vez más débiles a medida que se iba cerrando la brecha de la tierra como si nada hubiera ocurrido.

Los gritos y el llanto de la doncella resonaron por todas las piedras de las montañas y subieron borbotando en un acuático lamento desde el fondo del mar. Deméter oyó gritar a las piedras. Oyó los gritos del agua.

Después un pavoroso silencio cubrió toda la tierra mientras se aspiraba en el aire el perfume de las flores aplastadas. Arrancándose la diadema que adornaba su inmortal cabello y desplegando los oscuros velos que le cubrían los hombros, Deméter voló sobre la tierra como un ave gigantesca, buscando y llamando a su hija.

Aquella noche una vieja bruja les comentó a sus hermanas junto a la entrada de su cueva que aquel día había oído tres gritos: uno era el de una voz juvenil lanzando alaridos de terror; otro, una quejumbrosa llamada; y el tercero, el llanto de una madre.

No hubo manera de encontrar a Perséfone y así inició Deméter la búsqueda de su amada hija a lo largo de vanos meses. Deméter estaba furiosa, lloraba, gritaba, preguntaba, buscaba en todos los parajes de la tierra por arriba, por abajo y por dentro, suplicaba compasión y pedía la muerte, pero, por mucho que se esforzara, no conseguía encontrar a su hija del alma.

Así pues, ella, la que lo hacía crecer todo eternamente, maldijo todas las tierras fértiles del mundo, gritando en su dolor: “¡Morid! ¡Morid! ¡Morid!” A causa de la maldición de Deméter ningún niño pudo nacer, no creció trigo para amasar el pan, no hubo flores para las fiestas ni ramas para los muertos. Todo estaba marchito y consumido en la tierra reseca y los secos pechos.

La propia Deméter ya no se bañaba. Sus túnicas estaban empapadas de barro y el cabello le colgaba en enmarañados mechones. A pesar del terrible dolor de su corazón, no se daba por vencida. Después de muchas preguntas, súplicas e incidentes que no habían dado el menor resultado, la diosa se desplomó junto a un pozo de una aldea donde nadie la conocía. Mientras permanecía apoyada contra la fría piedra del pozo, apareció una mujer, más bien una especie de mujer, que se acercó a ella bailando, agitando las caderas como si estuviera en pleno acto sexual mientras sus pechos brincaban al compás de la danza. Al verla, Deméter no pudo por menos de esbozar una leve sonrisa.

La bailarina era francamente prodigiosa, pues no tenía cabeza, sus pezones eran sus ojos y su vulva era su boca. Con aquella deliciosa boca empezó a contarle a Deméter unas historias muy graciosas. Deméter sonrió, después se rió por lo bajo y, finalmente, estalló en una sonora carcajada. Ambas mujeres, Baubo, la pequeña diosa del vientre, y la poderosa diosa de la Madre Tierra Deméter se rieron juntas como locas. Y aquella risa sacó a Deméter de su depresión y le infundió la energía necesaria para reanudar la búsqueda de su hija y, con la ayuda de Baubo, de la vieja bruja Hécate y del sol Helios, consiguió finalmente su objetivo. Perséfone fue devuelta a su madre. El mundo, la tierra y los vientres de las mujeres volvieron a crecer.

Estas figurillas representan unas sensibilidades y unas expresiones únicas en todo el mundo; los pechos y lo que se siente en el interior deesas sensibles criaturas, los labios de la vulva, en los que una mujer experimenta unas sensaciones que los demás pueden imaginar, pero que sólo ella conoce. Y la risa del vientre que es una de las mejores medicinas que pueda tener una mujer.

A veces cuesta conseguir que los hombres se retiren para que las mujeres puedan permanecer a solas entre sí. Sé que en tiempos antiguos las mujeres animaban a los hombres a que se fueran a “pescar”. Se trata de una estratagema utilizada por las mujeres desde tiempos inmemoriales para que los hombres se alejen y la mujer pueda quedarse sola o en compañía de otras mujeres. Las mujeres necesitan vivir de vez en cuando en una atmósfera exclusivamente femenina, ellas solas o con otras mujeres. Es un ciclo femenino natural. La energía masculina está muy bien. Más que bien; es suntuosa e impresionante. Pero a veces es algo así como darse un atracón bombones. Nos apetece tomar durante unos cuantos días un poco de arroz frío y un caldo calentito para purificar el paladar. Tenernos que hacerlo de vez en cuando.




Fuente: Clarissa Pínkola Estés. “Mujeres que corren con los lobos”

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